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La señora de la casa roja se asoma por la ventana, curiosa de un mundo que no le pertenece. Investiga y escudriña cada paso ajeno, cada mirada cómplice y lo hace como si la vida le fuera en ello. ¿Qué significa ese gesto?. ¿Por qué esa niña de cuerpo maduro pasea de la mano tersa de su madre?. No entiende, no comprende, la dependencia superflua de un ser que es ser por sí mismo. El apego innecesario pero evidente. El paso inseguro de una vida que imagina desecha por la ingratitud. ¿Habrá sido privada de valores tan primarios como el sentir de la propia supervivencia, de la lucha solitaria por un camino digno y fraguado del paso existente de la experiencia? … ¿quizá ha sido sometida a tan indignantes perversidades que le prohiben mirar a los ojos? … ¿será un escarceo momentáneo de la personalidad o una visión de la monstruosidad que sobrevive en los suburbios del parecer? … La señora de la casa roja no puede despejar su mirada insistente. No entiende, no comprende. La madre suelta la mano. Aparece el miedo. La señora de la casa roja puede verlo. Se atemoriza. El miedo. Hacía tiempo que no lo observaba con tanta claridad. Por qué, se pregunta. Por qué, así de repente. “¡Qué haces aquí!” – le grita la señora de la casa roja atemorizada-. “¡Vete!. ¡Aléjate!”. El miedo. Sus ojos se cruzan por un momento con los de la niña de cuerpo maduro. Tiembla. Puede verlo claramente. Está ahí. Insiste. No deja de mirarla a través de sus ojos. Rápidamente la chica se acoge de nuevo a la mano tersa de su madre. Él desaparece. De repente. La señora de la casa roja vuelve a su estado de mera observadora. Avanzan por la calle sigilosamente, como si no estuvieran ahí. Madre e hija. Cogidas de la mano. Alejando así el miedo de sus vidas. Las ve alejarse y sus siluetas se van difuminando como en un sueño. La señora de la casa roja no puede verlas pero sabe que siguen ahí. En algún lugar. Su casa no es ya un lugar seguro. Desde la ventana el miedo entró aquella tarde oscureciendo las paredes, oxidando los pedacitos de vida que robaba a los transeúntes. Desde la ventana que le dio la vida, la señora de la casa roja encontró esa tarde… la muerte.

A.M.

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