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Mariano volvió al puente, esta vez con un propósito diferente. Desde que era un niño iba al puente cada mañana, después de devorar la tortilla que la abuela Mariana hacía con todo su esmero para él. Le pusieron el nombre de Mariano por su abuela. Cuando él nació ella enfermó gravemente y pensaban que moriría. El nombre de Mariano fue un regalo para ella. Curiosamente la abuela Mariana fue la única que sobrevivió de su familia. La única persona que Mariano tenía en el mundo. Le gustaba evadirse en el puente, pensar en la posibilidad de saltar y sumergirse para siempre en el río.
Le gustaba lanzar piedras y escuchar el sonido que emitían contra el agua apacible y
tranquila. Apacible y tranquila como cada mañana en el pueblo. Sin ruidos, sin humos, sin gente. La abuela Mariana era todo lo que Mariano tenía en el mundo. Le gustaba el puente desde que era un niño y desde entonces acudía cada mañana. Esta mañana con un propósito diferente.
Mientras en el pueblo el lechero encontraba el cadáver de la abuela Mariana en el suelo de la cocina; Mariano trataba de imaginar cuál sería su sonido. Dejó de imaginarse saltando de aquél puente para simplemente hacerlo.

A.M.

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